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Carta de David, papá de una luchadora, a la Fundación Aladina

18/11/2015   Categoría: Amigos Aladina
Carta de David, papá de una luchadora, a la Fundación Aladina

Parece que fue ayer, cuando en ese frío despacho de la consulta del Hospital de Móstoles de la boca del especialista y de la manera más amable que pudo, salió la palabra “tumor”, “masa indeterminada”.

Todos mis miedos, mis malos augurios, mis ansiedades se hicieron realidad en una milésima de segundo. Un fuerte dolor entró en mi pecho, en mi corazón, en mi ser y en mi alma. Miles de interrogantes, inseguridades, miedos y el sentimiento de pánico mas atroz jamás experimentado se adueñó de la situación.

Al otro lado de esa sala estaba mi hija Nerea, con lo que no me podía descomponer ya que ella no podía notar nada. Esta manera de actuar me acompañó muchísimos meses y no fue tarea fácil.

 

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A las pocas semanas entre pruebas y más pruebas que empeoraban cada vez más la situación si cabe, nos vimos instalados en el Hospital del Niño Jesús, con un planteamiento por parte de los especialistas muy largo, duro y  nada halagüeño ni para mi princesa ni para mí. Esos primeros días deambulaba por los pasillos y estancias del Hospital Niño Jesús como cuando estás solo en un país extranjero, te hablan en un idioma que no entiendes estás rodeado de gente que no conoces. Oía pero no escuchaba. Todo aderezado con un miedo brutal a lo peor, a la fatalidad, pero sin poder perder la sonrisa, y dando a mi pequeña unas fuerzas que yo no tenía, o que pensaba que no tenía.

 

Casi la totalidad del personal del hospital, médicos y enfermeras, en la medida de lo que pueden, intentan aportar luz entre tanta tiniebla, pero es difícil. Muy difícil. La luz se te ha apagado entera, desde el momento del diagnóstico. Y es en esa inmensa oscuridad llena de pena, tristeza y pérdida de toda fe, pensando siempre en lo peor, cuando aparecieron ellos la Fundación Aladina, y donde apareció él, su estandarte, su baluarte, su capitán, el gran Paco Arango y su fiel y gran compañera, Lorena Díez su mano derecha, izquierda, y todas las posibles habidas y por haber y, como protagonistas de un cuento de Disney lleno de colorido, trajeron la alegría y la esperanza.

 

Ya desde el primer día que conocí a Paco, sentí que era una persona que radiaba un aura especial. Su sonrisa imborrable, su voz alegre y su presencia omnipresente y la de todos y cada uno de sus magníficos ayudantes, supuso el mayor chorro de luz, de claridad y de esperanza que jamás pudimos tener. Desde el primer día tendió la mano a mi hija, y no la soltó. Jamás imaginábamos que durante todo el proceso se fraguaría una relación entre ellos y nosotros que jamás, jamás, podré olvidar. Aunque viviese mil veces, no serían las suficientes para poderles agradecer todo lo que hicieron por nosotros.

 

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En los momentos mas duros de la enfermedad, donde el ánimo no es que estuviese bajo por parte de mi pequeña, sino que no existía, consiguió catapultarla de ese estado, y enseñarla a ver todo esto de otra perspectiva, algo impensable para nosotros.

Pero no sólo ayudó a mi pequeña, con mil y un gestos ilusionantes, con cualquier ocurrencia que hiciese que la tarde pasara volando, que la quimio fuera menos dura, que el malestar fuera pasajero, sino que también tuvieron tiempo para escucharme a mí, para curar mi tan dañada alma, mi tan maltrecha fe.

Unas palabras reconfortantes de Paco, unos minutos de atención de Lorena, una sesión de Reiki, que te transportaba por unos instantes a una realidad más dulce, más bonita, y que te cargaba de energía para luego enfrentarte a la de verdad. Una actividad con cualquiera de sus valiosísimos colaboradores y ayudantes, te hacían tachar de la pizarra mental lo que todos los papás tenemos en la cabeza, y decir, “ya queda menos, un día menos”.

Pero desde luego, toda la ayuda que nos brindaron no se quedo ahí. En lo económico, que no voy a entrar más que por encima ya que queda en un segundo plano aunque no por ello menos importante, ¡madre mía, qué decir! Gracias no llegaría a poder expresar todo lo ayudado Fundación Aladina. ¡Millooooones de gracias!

 

Paco y Nerea julio2014

 

Por eso, en la medida que pudimos, mi pequeña y yo hemos estado colaborando con la donación de juguetes para que estos héroes, estos valientes, sigan teniendo armas para poder devolver una sonrisa a un niño guerrero, a un niño luchador, contra este mal que azota nuestros días y que no tiene compasión ni hace distinción entre adultos y niños.

Sé que los padres que estén leyendo esto, y se encuentren  al principio del túnel pensaran que no tiene salida. Sé que la desesperación se habrá adueñado de vuestra voluntad, pero confiar, no estáis solos, y la Fundación Aladina y todos sus componentes serán ese brazo que todos necesitamos para apoyarnos en algún momento durante este proceso, serán ese hombro en el cual derramar esa lágrima fugaz y solitaria.

Mi hija y yo os deseamos que no perdáis la fe, la esperanza y la fuerza, ya que con ellos, los grandísimos profesionales médicos y la enorme e imprescindible Fundación Aladina, cuando abráis los ojos después de un largo y duro parpadeo, todo habrá terminado y quedará en un mal sueño, que ni tan siquiera pesadilla.

 

¡Gracias a todos, Fundación Aladina!

David Vargas, papá de Nerea, paciente oncológica

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